La primavera se instaló en Villa Quimera y la plaza no cabía de tanta vida
Veinte grados, cielo sin una sola nube y el paseo de la Estación recién inaugurado como escenario: el fin de semana fue una fiesta al aire libre que la comarca no dudó en aprovechar hasta el último rayo de sol.
¡Queridos lectores del alma! Villa Quimera lució el fin de semana su vestido más espléndido —y ese vestido, permítanme decirles, era de un celeste radiante, sin costura de nube ni un solo dobladillo gris— porque el cielo regaló una de esas jornadas que se graban a fuego en la memoria de los pueblos que saben apreciar la belleza de lo cotidiano. Veinte grados perfectos, ese número redondo y gentil que ni enfría ni sofoca, invitaron a familias enteras a conquistar la plaza central y el flamante paseo de la Estación con una determinación que solo puede nacer del corazón primaveral más genuino.
Las mantillas de cuadros y los repasadores floreados se desplegaron sobre el césped como si fueran los manteles más exquisitos de un banquete al aire libre, y en cierto modo lo eran: porque ¿qué banquete puede superar al que se celebra bajo el sol de noviembre, con los niños corriendo entre canteros y los abuelos recostados en reposeras de colores festivos? ¡Ninguno, mis queridos, absolutamente ninguno!
Los food trucks —esos simpáticos carromatos vestidos de estampados vibrantes y letreros ingeniosos— se alinearon a lo largo del paseo como una hilera de broches que sujetaran la alegría al asfalto recién peinado. Los aromas se mezclaban con una armonía casi musical: especias, panes tostados, algo dulce que llegaba desde el extremo más soleado del paseo y que uno rastreaba con la nariz levantada como si se tratara de la más distinguida de las fragancias.
El telón de fondo de toda esta magnificencia era, claro, el Centro Cultural de la Estación, cuyas puertas —restauradas con una elegancia que habla de artesanos de manos prodigiosas— permanecieron abiertas durante toda la tarde, dejando escapar hacia la vereda los últimos ecos de la velada inaugural del viernes. La fachada, con sus molduras luciendo como joyas recién pulidas, ofició de marco suntuoso para las fotografías familiares que, estoy segura, adornarán salones y aparadores quimerenses durante muchos años.
¡Villa Quimera, esplendorosa como siempre, supo una vez más que la primavera no es solo una estación del calendario sino un estado del alma que esta comarca lleva bordado en el pecho con hilo de oro! ¡Que viva el amor quimerense!