El Coloso habló, el campo decidió y Peralta gritó lo que todos sentían
Después de la redención de Barrionuevo y la promesa de Ferraresi, llegó la hora de saber si la maldición era un mito o una ley natural. El césped del Coloso, árbitro silencioso de todas las guerras, tuvo la última palabra.
Hay una distinción que Hegel trazó entre el destino y la necesidad, o al menos eso figura en alguna parte de la Fenomenología del Espíritu que quien firma esta crónica hojeo una tarde de lluvia sin llegar al final. La distinción, si es que existe, importa porque el fútbol no distingue entre ambas cosas: lo que ocurre en una cancha parece inevitable siempre, pero solo después de que ocurrió. Antes, todo es posibilidad. Antes, todo es miedo.
El Coloso de Villa Quimera volvió a llenarse con esa mezcla particular de esperanza y superstición que caracteriza a los pueblos que han sufrido demasiado en casa propia. Las banderas, los cánticos, el humo de los trapos: todo el ritual de siempre, ese intento milenario del ser humano de convencer al universo mediante el ruido. Ferraresi había prometido el fin de la racha. Barrionuevo ya había cargado la maldición y la había devuelto en un solo toque la vez anterior. La pregunta que sobrevolaba las gradas no era si el equipo podía ganar, sino si el campo —ese rectángulo de tierra y pasto que no le debe explicaciones a nadie— estaba dispuesto a permitirlo.
Lo permitió. El Coloso ganó, y la racha que parecía una condena bíblica quedó reducida, al menos por esta noche, a una mala estadística. El marcador dio la razón a Ferraresi, que no es poco, porque los técnicos tienen razón muy pocas veces y casi nunca cuando lo anuncian con tanta convicción.
Pero la pregunta que esta crónica no puede eludir es si la maldición se rompió o simplemente hizo una pausa. Nietzsche —leído también por arriba, también en una tarde de lluvia— diría que el eterno retorno convierte toda victoria en una victoria provisoria. El campo no tiene memoria afectiva: gana el que juega mejor ese día, o el que tiene a Barrionuevo inspirado, o el que cobra bien el córner. El campo es el gran protagonista porque es el único que no miente.
Peralta, en cambio, sí miente. Peralta —ese hincha que ocupa la popular desde hace veinte años y que llora o grita con la misma intensidad desproporcionada según lo que marque el tablero— celebró anoche con un alarido que atravesó la estructura del estadio y llegó, según testigos, hasta la rotonda de la avenida principal. No había filosofía en ese grito. No había Hegel ni Nietzsche ni Camus. Había un hombre que necesitaba ganar y por fin había ganado, y eso, en el fondo, es lo más parecido a la verdad que puede ofrecer el fútbol.
Si la maldición se rompió o no, el Coloso lo irá respondiendo partido a partido, con esa paciencia cruel que tienen los estadios y que no tienen los hinchas. Por ahora, el campo habló. Y Peralta gritó. Y eso, por esta noche, alcanza.
*Alberto Gambetta*