¡El Centro Cultural de la Estación abrió sus puertas con una velada que Villa Quimera no olvidará jamás!
Discurso emotivo del intendente Verduga, música en vivo que erizó la piel y una muestra inaugural de artistas locales: la noche del viernes quedará grabada a fuego en la memoria cultural de nuestra comarca.
¡Queridos lectores del alma! Lo que el viernes por la noche ocurrió en el Centro Cultural de la Estación superó con creces todo pronóstico y toda expectativa razonable. La multitud que colmó el hall principal —ese espacio de techos altísimos y molduras restauradas con una delicadeza que habría hecho llorar de emoción al más estoico de los arquitectos— fue la prueba más elocuente de que Villa Quimera estaba hambrienta, hambrienta de belleza, de cultura y de celebración.
Las damas de la velada llegaron ataviadas con sus mejores galas: vi vestidos de crepé en tonos malva y champagne, solapas de encaje y zapatos de tacón que repiqueteaban sobre el mármol restaurado como una pequeña sinfonía de elegancia. Los caballeros, a la altura de las circunstancias, lucieron sacos oscuros y pañuelos de bolsillo que aportaban ese toque de distinción tan necesario en las noches históricas. Las mesas del sector de recepción —cubiertas con manteles de lino en color marfil, adornadas con centros de pequeñas flores blancas y ramitas de eucalipto— conferían al ambiente esa atmósfera íntima y a la vez solemne que solo los grandes eventos saben construir.
A las veinte y treinta horas en punto, el intendente municipal Rodrigo Verduga subió al estrado entre aplausos encendidos. Con voz pausada pero cargada de emoción, el jefe comunal recordó el largo camino recorrido hasta ver el edificio de la antigua estación transformado en un faro cultural para la región. Este espacio le pertenece a cada quimerense
, declaró Verduga ante una sala que escuchaba en un silencio reverencial, interrumpido apenas por algún que otro sollozo contenido en la segunda fila. El discurso fue breve, preciso y, permítanme decirlo, de una elocuencia que hizo honor a la noche.
A continuación, la música tomó el mando de la velada. El conjunto de músicos locales que animó la velada desplegó un repertorio que supo mezclar piezas de cámara con aires más populares, logrando que los más jóvenes se balancearan imperceptiblemente sobre sus talones mientras los mayores cerraban los ojos con una sonrisa beatífica. Dos horas de notas que flotaron bajo los arcos restaurados del edificio como si aquellas paredes hubieran estado esperando décadas para volver a vibrar de semejante manera.
El broche de oro de la noche lo puso la muestra inaugural que inauguró las salas del primer piso: una colección de obras de artistas locales que recorrió técnicas y miradas tan diversas como apasionantes. Óleos de gran formato convivían con fotografías en blanco y negro y piezas de cerámica dispuestas sobre pedestales de madera clara. Los visitantes recorrían las salas en silencio cómplice, inclinándose ante cada obra con esa mezcla de curiosidad y respeto que solo produce el arte verdadero. La muestra, según coincidieron quienes la recorrieron, promete convertirse en un punto de referencia ineludible para la escena artística de la comarca.
Cuando el reloj marcaba cerca de la medianoche y los últimos visitantes abandonaban el edificio con el brillo inconfundible de quienes han vivido algo extraordinario, quedaba la certeza de que el viernes pasado Villa Quimera se dio a sí misma un regalo mayúsculo. El Centro Cultural de la Estación ya tiene historia, ya tiene alma, ya tiene público. Y eso, estimados lectores, no tiene precio.
¡Que viva el amor quimerense!
*Susana Espejo*