«Falta política cultural de largo plazo, no solo paredes»
La curadora de la muestra inaugural del Centro Cultural de la Estación habla de las obras elegidas, del potencial del edificio y de lo que todavía queda pendiente después de una noche de gala.
Hay algo que sucede cuando uno entra a un espacio nuevo y todavía vacío: el olor a pintura fresca, la luz que todavía no sabe adónde ir, las paredes que aún no acumularon ecos. El Centro Cultural de la Estación tiene todo eso. Y también, desde el viernes, tiene obras colgadas, un público que las mira y una curadora que las eligió una por una con una lógica que vale la pena escuchar.
Sentada en uno de los bancos de madera clara del hall principal —los mismos que el municipio eligió para evocar, sin nostalgia kitsch, el espíritu de sala de espera que tuvo el edificio en otro tiempo—, la curadora de la muestra inaugural habla despacio, con la cadencia de alguien que ha pensado mucho cada palabra antes de decirla.
—¿Cómo fue el proceso de selección?
—Lento. Intencionalmente lento. No quería una muestra de inauguración que fuera un catálogo de buenas voluntades, donde cada artista local aparece representado por algo para que nadie se sienta excluido. Eso no es curaduría, es diplomacia. Acá hay un hilo conductor: obras que hablan del tiempo, del tránsito, de lo que se espera y de lo que llega. No por capricho temático, sino porque me parecía que era lo más honesto para inaugurar precisamente este edificio, que fue estación de ferrocarril y ahora es otra cosa.
—¿Cuántos artistas participan?
—Doce, de distintas generaciones. Algunos trabajan hace años en Villa Quimera sin demasiada visibilidad institucional. Eso me importaba: que el espacio les deba algo a ellos, y no al revés.
—¿Hay alguna obra que te haya costado más defender?
—Una instalación sonora que ocupa una sala entera y que, en la oscuridad, reproduce el sonido de un tren que nunca llega. Hubo dudas, porque es incómoda, porque no es lo que la gente espera ver en una inauguración con discursos y copas. Pero es exactamente lo que tiene que estar. Un centro cultural que solo muestra lo que el público ya espera ver no cumple ninguna función.
La curadora hace una pausa y mira hacia la sala principal, donde algunos visitantes todavía recorren las obras con esa mezcla de curiosidad y ceremonia que tienen los inauguradores de los sábados.
—¿Qué te genera el edificio en términos de posibilidades?
—Genuinamente, mucho. La escala es generosa, la luz natural está bien resuelta, hay salas que admiten propuestas muy diferentes. Es un espacio que puede crecer con la escena local si se lo usa bien. El problema no es el edificio.
—¿Cuál es el problema, entonces?
—Que un edificio no es una política cultural. Que inaugurar es relativamente fácil: convocás, cortás el moño, ponés música en vivo. Lo difícil es el lunes siguiente, y el lunes del año que viene. Falta política cultural de largo plazo, no solo paredes. Residencias, fondos para producción, circuitos de exhibición sostenidos en el tiempo. Sin eso, el Centro Cultural más hermoso de la provincia termina siendo salón de eventos.
Lo dice sin énfasis, casi sin acusación. Como quien constata algo que lleva años observando y ya no le genera indignación sino una especie de fatiga serena.
—¿Lo dijiste en algún espacio oficial?
—Lo digo ahora, con vos. Es suficiente.
Afuera, sobre la avenida Libertadores, el viernes todavía dejaba coletazos de luz y el edificio se veía iluminado desde la vereda de enfrente como un farol grande. Adentro, doce artistas esperaban que alguien se detuviera el tiempo justo frente a sus obras. La curadora se levantó del banco, se acomodó el saco y volvió a las salas. Había trabajo que hacer.
*Malena Cifuentes*