Después del moño, ¿qué?
El Centro Cultural de la Estación ya tiene fecha, programa y discurso preparado. Lo que nadie parece tener preparado es la respuesta a la pregunta que viene después.
Hay algo profundamente revelador en la liturgia del moño. Me refiero al moño inaugurador, al que se corta con tijeras doradas frente a las cámaras, con el intendente en primera fila y las autoridades detrás, sonrientes, aplaudiendo ese instante breve y fotogénico que el poder confunde, una y otra vez, con la eternidad. El Movimiento Popular Hespérico lleva meses perfeccionando esa liturgia, y este viernes, con la apertura del Centro Cultural de la Estación, alcanzará quizás su versión más elaborada: música en vivo, muestra histórica, autoridades convocadas, programa completo. Todo muy cuidado. Todo muy ensayado.
Pero permítame formularle a este diario y a sus lectores la pregunta que el protocolo de gala no contempla: ¿qué viene después del moño?
Porque un edificio que abre sus puertas un viernes por la noche ante los aplausos de la platea quimerense necesita, al día siguiente, una programación. Necesita presupuesto de funcionamiento. Necesita personal, criterio editorial, decisiones sobre qué se exhibe, qué se toca, qué se discute dentro de esas paredes que el municipio nos presenta, sin modestia alguna, como el edificio más deslumbrante de la gestión
. ¿Tiene el MPH respuestas para todo eso, o las respuestas también están siendo ensayadas para otra velada futura?
No me opongo al Centro Cultural. Sería absurdo oponerse a la cultura, y mis detractores ya tienen suficiente munición sin que yo les facilite la tarea. Lo que me inquieta —y creo que debería inquietar a cualquier vecino de Villa Quimera que piense más allá del próximo fin de semana— es la distancia que suele abrirse entre el acto inaugural y la gestión real. Entre el moño y el lunes a la mañana, cuando los obreros ya se fueron, las cámaras también, y alguien tiene que decidir cómo se administra lo que se inauguró con tanto estruendo.
El intendente Verduga es hábil en el arte del anuncio. Nadie en Villa Quimera se lo discute. Pero gobernar el futuro de una institución cultural —si es que el MPH concibe este edificio como una institución y no como un escenario— requiere algo más que una buena noche de gala. Requiere, me atrevo a decirlo, la clase de decisiones grises, lentas y poco fotogénicas que no caben en ningún programa inaugural.
¿Habrá concursos abiertos para la programación, o todo quedará en manos de las amistades de siempre? ¿Existirá un consejo asesor, o el criterio cultural del municipio será el criterio personal del funcionario de turno? ¿Se publicarán los presupuestos de funcionamiento, o los quimerenses deberemos deducirlos de alguna línea inencontrable en el boletín oficial? Nadie ha respondido estas preguntas. Nadie, hasta donde este columnista sabe, las ha formulado en público.
Y eso, estimados lectores, es exactamente lo que me preocupa. No el moño. El silencio que viene después del moño.
Quien quiera oír, que oiga.