Manual del oficialismo perfecto, capítulo uno: inaugurá de noche
Si la luz del día es implacable con los detalles, la penumbra festiva es la mejor aliada de cualquier gestión. Rigor toma nota.
Desde hace tiempo vengo sospechando —y las pruebas se acumulan con paciencia de archivista— que en algún cajón del Municipio de Villa Quimera existe un documento que nadie muestra, que nadie cita, pero que todos parecen haber leído con atención. Lo llamo, a falta de nombre oficial, el Manual del oficialismo perfecto. Y esta semana, con el anuncio de la inauguración nocturna del Centro Cultural de la Estación, creo haber encontrado la evidencia más contundente de que ese manual existe, circula y se aplica con una disciplina que le envidiaría cualquier escuela de administración pública.
El capítulo uno, estoy casi seguro, dice exactamente esto: Inaugurá siempre de noche, que la luz del día es implacable con los detalles
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¿Acaso es casualidad que el intendente Verduga haya elegido un viernes por la noche para abrir las puertas del edificio que él mismo llama la obra más ambiciosa de la gestión
? ¿Es coincidencia que el programa completo —música en vivo, autoridades, muestra histórica, todo el esplendor— esté diseñado para que la mirada del vecino se pose en los focos de colores y no en los rincones que, con la crueldad democrática del sol de la mañana, quizás cuenten otra historia? No creo en las coincidencias, estimado lector. Nunca las creí.
La noche tiene propiedades que el oficialismo conoce bien. En la noche, el revoque reciente brilla igual que el mármol. En la noche, un foco bien ubicado transforma cualquier pasillo en nave catedralicia. En la noche, con música en vivo y autoridades saludando con la mano en alto, nadie se agacha a revisar si la puerta cierra bien o si la instalación eléctrica tiene los certificados al día. La noche es el photoshop de la obra pública, y el oficialismo quimerense es, hay que reconocérselo, un maestro del retoque.
No digo que el Centro Cultural de la Estación sea una ruina disfrazada de palacio. No lo digo porque no lo sé, y en este diario las afirmaciones se sostienen con hechos. Lo que sí digo —y me amparo en décadas de observación de la política local— es que cuando un gobierno convoca a una velada de esplendor con lista de autoridades y programa artístico, lo que está vendiendo no es un edificio: está vendiendo una imagen, un instante, una fotografía que durará más en la memoria colectiva que cualquier expediente de habilitación. El lunes, cuando el sol vuelva a salir sobre la fachada de la ex estación, será demasiado tarde para la primera impresión.
El capítulo dos del manual, imagino, trata sobre las listas de invitados. El tres, sobre la elección del orador de cierre. El cuatro, seguramente, sobre cómo manejar las preguntas incómodas con una sonrisa y un bocadillo en la mano. Pero es el capítulo uno el que rige todo lo demás, el que le da coherencia al sistema: primero la foto, después la realidad. Primero los aplausos, después el expediente.
Villa Quimera merece su Centro Cultural. Nadie lo discute. Pero también merece que, al día siguiente de la gala, alguien encienda todas las luces y mire.
Quien quiera oír, que oiga.